lunes, enero 30, 2023
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OPINIÓN- Frank López: La verdad a raíz del “Informe Bouner”

No voy a recurrir a la falacia ad hominem para desvirtuar los argumentos de Luis Britto García y de Silvio Rodríguez, ambos destacadas figuras del comunismo más senil y demencial.
Prefiero recordarte lo siguiente: *Durante el gobierno del socialista Salvador Allende proliferaron en Chile los laboratorios clandestinos de fabricación de cocaína y se registró en los Estados Unidos las más altas cifras de envío de esta droga proveniente de Chile.
A partir de 1973, con la llegada de Pinochet al poder, fueron desmantelados estos laboratorios y fusilados muchos narcos que se hallaron incursos en este delito.
La información histórica que ha aportado Leal Buitrago en su investigación publicada en 1990 revela que los narcotraficantes chilenos que lograron escapar de Pinochet se establecieron en Colombia y dieron origen a la industria cocainera colombiana.
Un negocio que se hizo tan próspero en tan corto plazo que ya *en 1976, en la investigación que a este respecto fue publicada en EEUU en lo que se conoció como «El informe Bouner», ya se señalaba el financiamiento del narcotráfico al presidente en ejercicio Julio Cesar Turbay Ayala.
Y el Washington Post, en 1980, afirmaba que el 10% de los diputados del Congreso colombiano habían sido elegidos con dinero del narcotráfico*.
Pero, ya a principio de esos años 80, Carlos Ledher, unas de las cabezas del Cártel de Medellín sostenía: «La cocaína y la marihuana son la bomba atómica de América Latina contra lo EEUU».
Con lo cual pretendía decir que había que inundar de drogas a la sociedad norteamericana para destruirla.
Y agregaba: «Del tráfico de droga está surgiendo el verdadero movimiento revolucionario latinoamericano».
Y luego, Ledher fundó su propio «partido revolucionario» y en 1984 obtuvo dos diputados al Congreso colombiano y varios consejales: su proyecto narco revolucionario se había puesto en marcha y su movimiento revolucionario latinoamericano…..
Armado de su “bomba atómica”, iniciaba su “guerra popular prolongada” contra el imperio de los Estados Unidos de Norteamérica*.
Por la misma fecha, Pablo Escobar, la principal cabeza del mismo cártel, llegaba al mismo Congreso y ponía en marcha su movimiento cívico, nacionalista y antiimperialista.
Su proyecto: Un narco Estado antiimperialista con vocación social.
De este modo, el narcotráfico había llegado velozmente, lleno de sangre y de dólares, a la política………
luego de 1984 cuando se desató su guerra criminal contra el Estado colombiano y contra la población indefensa, pasaría al narcoterrorismo,y, la verdad sea dicha, dejando atrás la política.
Pero, también la FARC-EP, que había sido fundada con una orientación marxista en 1966 al final del gobierno del presidente Guillermo León Valencia, sufriría una metamorfosis similar al dar un giro en la misma dirección que el Cártel de Medellín: pasaría de la política terrorista del secuestro, la extorsión, los asaltos, el abigueato y los fusilamientos, hacia el narcotráfico y luego hacia el narcoterrorismo, ocupándose más del “negocio” que de la política.
Un fenómeno que se pudo apreciar luego de 1984, cuando, al desmantelarse Tranquilandia, el más grande complejo industrial de cocaina de Colombia, se descubre la conexión de este grupo de la FARC-EP con Pablo Escobar y Rodríguez Gacha, las dos cabezas más prominentes del Cártel de Medellín.
El mismo Cártel que, financiaba a otro grupo narcoterrorista como era el M-19, en agradecimiento a la protección que Carlos Pizarro había dado en Panamá a Pablo Escobar luego del asesinato del ministro Lara Bonilla, sirviéndose de sus contactos con Noriega, y luego en Nicaragua con los Sandinistas que ya estaban en el negocio del tráfico de cocaína.
Un grupo terrorista que en 1984, financiado por el Cártel de Medellín, tomó el Palacio de Justicia de Colombia con la intensión de quemar, a cambio del financiamiento, los expedientes de la adelantaban contra el General Manuel Antonio Noriega (Un hombre de sus propias filas), el mundo descubre asombrado la participación de Cuba en el narcotráfico*. Hecho este por el cual, en el Juicio N°1 y en el Juicio N°2, los castros, para intentar salvar su comprobada responsabilidad,  mandan a fusilar a los generales Ochoa y a Antonio de la Guardia, héroes cubanos (para mi criminales de guerra) y secuaces de los castros, quienes fueron tomados como chivos expiatorios para limpiar la cara sucia de los castros.
Es decir, Cuba, a través de 277 empresas creadas por Fidel a partir de 1981 y en particular del buque “El delfín”, que navegaba de Panamá a la isla, según lo ha declarado el mismo Manuel Beunza, uno de los jefes de estas operaciones, se había incorporado junto con Noriega, el Cártel de Medellín y la FARC-EP, al narcotráfico y operaba como uno de los más grandes cárteles narcoterroristas del mundo.
Con lo cual, el Cártel de Medellín, la FARC-EP, el General Noriega y los castros, con la «bomba atómica» de Ledher, hacían causa común en el negocio -para ellos la guerra- del crimen y del narcoterrorismo contra los Estados Unidos.
Por cierto, un espacio del crimen que compartían con el ELN, que había recorrido un  camino similar a estos actores de la delincuencia internacional: se había desplazado desde el terrorismo (secuestros, asaltos, extorsiones, linchamientos,etc) a un narcoterrorismo que le había garantizado, con el tráfico, escalar el método de financiamiento y hacer crecer su apresto operacional y su capacidad operativa.
Al igual que lo habían hecho los grupos paramilitares como las Autodefensas Unidas de Colombia, que giraron de la política anti guerrillera al narcoterrorismo.
De modo que en 1990, cuando se funda el FORO DE SAO PAULO, lo que había nacido era, más que una organización política, había sido, más bien, la más grande organización del narcoterrorismo internacional (Cuba, y la FARC-EP y el M-19, que se incorporan en 1995) y del crimen organizado internacional (Lula, etc). Un gigantesco sindicato latinoamericano del crimen, una gigantesca organización del narcoterrorismo y de las bandas internacionales del crimen organizado agrupados en el Foro y con la más alta capacidad de acumulación de dinero caliente y de corrupción moral de los Estados que jamás alguien pudiera haber imaginado.
Y es de esta organización criminal, con esta capacidad infinita de acumulación, corrupción y lavado de dinero caliente vía financiamiento político, de donde va a brotar el Proyecto del Socialismo del Siglo XXI.
Por lo que El Socialismo del Siglo XXI, al ser la propuesta societal del Foro de Sao Paulo, es, sin ninguna duda, el proyecto latinoamericano del narcotráfico y del crimen organizado, mimetizado como proyecto político antiimperialista de injusticia social*: el sueño de Carlos Ledher.
Razón por la cual el ingenuo de Dietrich no hallaba explicación razonable al por qué no se seguían su cándidas orientaciones
Debo reiterarte que: primero, el Socialismo del Siglo XXI es el proyecto del narcotráfico y del crimen organizado en latinoamérica y nada tiene que ver ni con izquierda ni con derecha.
Segundo, desconocer la realidad cruda de América Latina y pretender seguir mirándola desde los desactualizados tomos marxistas de El Capital, del siglo XIX, producen las distorsiones más risibles y más ingenuas que hacen que se vean una lucha por los explotados, cuando, a todas luces, lo que existe de manera evidente es la actividad del narcotráfico y del crimen organizado que han levantado narcoestados criminales como los de Nicaragua, Venezuela, Bolivia, etc., que no sólo han destruido las repúblicas y violado todos los derechos humanos, sino que están matando de hambre a los mismos que dicen defender.
Se requiere, sacar los ojos del Manifiesto Comunista y ponerlos en la realidad cruda y humillada de América Latina, para poder liberarnos de ese discurso político de la izquierda convencional que nos fuerza a ver una lucha de la izquierda contra la injusticia donde lo que hay es un horrendo problema de narcotráfico y de crimen Nos corresponde alejarnos de las explicaciones simplistas para poder ver con claridad la complejidad de este asunto*.
Yo tengo la hipótesis que *esta distorsión que hemos sufrido en la comprensión de este fenómeno parece estar asociada a la interpretación que tuvo el presidente Ronal Reagan cuando en 1986 se vio obligado a firmar el decreto presidencial N°221, en el que colocaba el tráfico de droga como problema de seguridad de los Estados Unidos.
Porque, sumergido como estaba en el contexto de la Guerra Fría y de la lucha de la contrainsurgencia, que forzaba a analizar los problemas sociales mediante la polarización URSS vs EEUU, es decir: comunismo vs capitalismo o izquierda vs derecha, lo que en otro contexto hubiese sido un problema relativo al crimen, la delincuencia y la justicia penal, pasó a ser, por obra y gracia de la Guerra Fría, un enfrentamiento de la izquierda comunista contra la derecha capitalista…
Debemos mirar este fenómeno como lo que es: un fenómeno del ámbito del crimen, del delito y de la justicia penal, y no del ámbito de: el comunismo contra el capitalismo*.
Sólo así podremos los venezolanos liberarnos de ese discurso de la izquierda convencional donde hemos estado atrapados.
Y en el que, impedidos de ver meros asuntos de narcotráfico, del crímenes vulgar y corriente y del delitos en general,  quedamos prisioneros de categorías políticas como izquierda vs derecha, socialismo vs capitalismo, quinta república vs cuarta república, populismo vs liberalismo, en fin, cortinas ideológicas de humo.
Lo cual hace que cuando los narcos del Socialismo del Siglo XXI nos señalan como liberales nosotros, atrapados en su discurso, le respondemos: populistas.
O cuando se autodenominan pueblo, nosotros, en lugar de reenviarlos al ámbito discursivo del delito, nos enganchamos reclamándonos como los auténticos representantes del pueblo.
De modo, querido amigo, que *sino nos escapamos del discurso de la Guerra Fría, seguiremos cándidamente jugando el juego discursivo de Carlos Ledher, Pablo Escobar y del Cártel de Medellín que se han mimetizado en las nociones de la izquierda.
Es tiempo de desactivar la bomba atómica de la droga y someter a los capos y sicarios que desde Carlos Ledher se han mimetizado como «movimientos revolucionarios»*.

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